miércoles, 25 de marzo de 2015

Me gustaría encontrarte las respuestas a todas las preguntas que tenes, 
pero no puedo por el simple echo de que tampoco me dejas. No se si quiero leer lo que me vas a responder, que aunque me haga una idea y este todo dicho, no me gustan del todo las sorpresas.
No valdría la pena enojarme ahora, ni ponerme triste.. pero es cierto que en tu mundo casi nada vale la alegría.. ni siquiera nosotros, que supimos reírnos de tantas cosas pese a las diferencias, (me siento tan repetitiva que cuando logre superar esto creo que nunca mas voy a usar esa palabra), tampoco quisiste que lo logremos.
Hoy te leí un rato, y me enoje de verte -y verme- pasar por el tiempo en tus entradas del blog, y pensar que el tiempo, o vos, o yo.. ninguno pudo frenar esto que se iba a la mierda.. y que tampoco tuve oportunidad, ni voz, porque eran esas preguntas que no pude contestarte aunque no me correspondían.

espero que lo leas, yo te perdone(ono)
http://walk-think-live.blogspot.com.ar/2013/07/eso-es-queso.html volvete a leer, entre tus cosas espero que este la respuesta.

sábado, 21 de marzo de 2015

Cuando el 152 se vuelve un bajón

Me levante, me cambie.. di vueltas, te mire un rato y llore otro. Guarde las cosas, volví a mirarte porque realmente sabia que quería estar ahí y no acá, tampoco en el micro, ni en el plaza.. en mi casa tampoco, quería quedarme ahí y no moverme; quería estar ahí y sentirme entera. Entonces me fui, con mas dolor.. y viéndote la cara.. así no funcionan las cosas, creí que me llevaba todo.. y creo que me deje parte de mi allá, en el living de tu casa, en la esquina del micro, en tu mano. Sentí la mochila tan liviana porque había dejado todo lo que no es material o necesario allá esperándome.
O no.

jueves, 19 de marzo de 2015

Flacx:
¿Sabes qué? Me di cuenta de que al final tenías razón con lo que me dijiste aquella vez, hace tiempo, en tu auto, la noche en que llovía afuera y un poquito también adentro. Sí, tenías razón. Yo preferí no dártela porque –no es para poner excusas– a esa altura todo lo que te daba se rompía y todo lo que me devolvías ya no andaba. No te la di, pero tenías razón.
Me acuerdo de que lo dijiste como al pasar, casi sin querer, como disculpándote por tamaño hallazgo y tamaña verdad dicha de una manera tan linda. Estábamos tomando una cerveza, callados, probablemente aburridos y claramente en duda, cuando me dijiste eso. “La lluvia no es mala ni perjudicial, mojarnos no es molesto ni dañino y la ropa ni se achica ni se rompe. Pero le tenemos miedo a la lluvia”. Estabas hablando de nosotros, yo me di cuenta, pero preferí pasarlo por alto. Hoy, que ya pasaron más de dos años y varias lluvias, entiendo que debí haberte dado la razón y bajar a mojarme, a caminar o a correr, pero a irme.
Dos años después siempre es fácil pensar. Esa noche no lo hice: ni me fui ni te di la razón ni nada. Apenas te largué un “puede ser”, indiferente y cobarde. Desde esa lluvia hasta el sol tibio y pusilánime de hoy pasó mucho tiempo y tantas otras cobardías. El final, predecible a todas luces, amagó ser final, pero fue apagón inconformista. No sé si te acordás, Flacx, pero la primera vez que hablamos de terminar fue casi que jugando. Nos preguntamos qué pasaría si, y respondiendo nos dimos cuenta de que la ruleta rusa que habíamos empezado a jugar resultaba tener seis balas, y aunque el tambor gira mucho, tampoco gira tanto. Nos dimos cuenta de que no sería tan grave, y eso es gravísimo, Flacx. Después de eso seguimos como si no hubiese pasado nada. El tambor giraba y las seis balas bailaban esperando que pare la música para ver quién quedaba sin silla. Dejamos de ir donde íbamos, dejamos de abrazarnos para dormir, dejamos de soñar con una casa bien lejos, dejamos de reírnos de la gente y dejamos de hablar sobre la lluvia. Pero no dejamos de vernos.
Te soy francx. No sé qué hacer. Seguramente esperabas que esta carta estuviese abrazada a una certeza, a una respuesta clara, a una decisión; a algo. Pero no. La carta dice lo que dice y hasta ahora no me ha dado más valentía que cualquier otra carta que pude haberte escrito bajo cualquier otro sol menos cobarde. Sin embargo, ya sabés, escribir me ayuda a pensar. Y sentarme a escribirte y a pensarte y a extrañarte joven me ayuda a acordarme de por qué te espero cada tarde y de por qué te elijo cada noche.
Es lindo acordarse, Flacx, porque en el recuerdo está la respuesta. Vos sabés bien que le tengo miedo al olvido, a la rutina, al conformismo, a “lo normal”, a la lluvia y a los perros. Esto último no importa, pero lo otro sí, el olvido sobre todo. El olvido es cruel, Flacx, porque entre otras cosas no existe. Yo sé que de vos no me olvido más, y sé que si me voy no va a parar la lluvia. Además, qué es eso de irse porque las cosas no funcionan. Qué es eso de escaparnos. ¿Sabés qué? Yo me quedo. Sí, lo decidí, me quedo. Y no me quedo por vos, me quedo por nosotrxs. Me quedo por lo que todavía nos falta. Me quedo porque nunca nadie dijo algo tan lindo sobre la lluvia. Me quedo porque dormir abrazados vale la pena aunque haya calor. Porque podemos tener una casita afuera. Porque te quiero a vos. Me quedo porque el olvido no existe, porque hay rutinas divinas, porque el conformismo es para mediocres y porque lo normal es para amores normales. Todavía no solucioné lo de los perros, ya sé, pero podemos comprar uno grande para la casa de afuera, y capaz que le tomo cariño. Y con él a todos. Y con vos al mundo. Y con el mundo a vos, que sos la ley de gravedad de todo lo que me pasa.
Al final sí, decidí, sé qué hacer. Me quedo, Flacx. Ahora estás leyendo esto y yo no estoy pero ya vuelvo. Me quedo. Ya vuelvo. Salí a buscar una película. Si tenés tiempo, cuando llegues, prepárame el más tuyo de los abrazos.