Flacx:
¿Sabes qué? Me di cuenta de que al final tenías razón con lo
que me dijiste aquella vez, hace tiempo, en tu auto, la noche en que
llovía afuera y un poquito también adentro. Sí, tenías razón. Yo preferí
no dártela porque –no es para poner excusas– a esa altura todo lo que
te daba se rompía y todo lo que me devolvías ya no andaba. No te la di,
pero tenías razón.
Me acuerdo de que lo dijiste como al pasar, casi
sin querer, como disculpándote por tamaño hallazgo y tamaña verdad dicha
de una manera tan linda. Estábamos tomando una cerveza, callados,
probablemente aburridos y claramente en duda, cuando me dijiste eso. “La
lluvia no es mala ni perjudicial, mojarnos no es molesto ni dañino y la
ropa ni se achica ni se rompe. Pero le tenemos miedo a la lluvia”.
Estabas hablando de nosotros, yo me di cuenta, pero preferí pasarlo por
alto. Hoy, que ya pasaron más de dos años y varias lluvias, entiendo que
debí haberte dado la razón y bajar a mojarme, a caminar o a correr,
pero a irme.
Dos años después siempre es fácil pensar. Esa noche no
lo hice: ni me fui ni te di la razón ni nada. Apenas te largué un “puede
ser”, indiferente y cobarde. Desde esa lluvia hasta el sol tibio y
pusilánime de hoy pasó mucho tiempo y tantas otras cobardías. El final,
predecible a todas luces, amagó ser final, pero fue apagón
inconformista. No sé si te acordás, Flacx, pero la primera vez que
hablamos de terminar fue casi que jugando. Nos preguntamos qué pasaría
si, y respondiendo nos dimos cuenta de que la ruleta rusa que habíamos
empezado a jugar resultaba tener seis balas, y aunque el tambor gira
mucho, tampoco gira tanto. Nos dimos cuenta de que no sería tan grave, y
eso es gravísimo, Flacx. Después de eso seguimos como si no hubiese
pasado nada. El tambor giraba y las seis balas bailaban esperando que
pare la música para ver quién quedaba sin silla. Dejamos de ir donde
íbamos, dejamos de abrazarnos para dormir, dejamos de soñar con una casa
bien lejos, dejamos de reírnos de la gente y dejamos de hablar sobre la
lluvia. Pero no dejamos de vernos.
Te soy francx. No sé qué hacer.
Seguramente esperabas que esta carta estuviese abrazada a una certeza, a
una respuesta clara, a una decisión; a algo. Pero no. La carta dice lo
que dice y hasta ahora no me ha dado más valentía que cualquier otra
carta que pude haberte escrito bajo cualquier otro sol menos cobarde.
Sin embargo, ya sabés, escribir me ayuda a pensar. Y sentarme a
escribirte y a pensarte y a extrañarte joven me ayuda a acordarme de por
qué te espero cada tarde y de por qué te elijo cada noche.
Es lindo
acordarse, Flacx, porque en el recuerdo está la respuesta. Vos sabés
bien que le tengo miedo al olvido, a la rutina, al conformismo, a “lo
normal”, a la lluvia y a los perros. Esto último no importa, pero lo
otro sí, el olvido sobre todo. El olvido es cruel, Flacx, porque entre
otras cosas no existe. Yo sé que de vos no me olvido más, y sé que si me
voy no va a parar la lluvia. Además, qué es eso de irse porque las
cosas no funcionan. Qué es eso de escaparnos. ¿Sabés qué? Yo me quedo.
Sí, lo decidí, me quedo. Y no me quedo por vos, me quedo por nosotrxs.
Me quedo por lo que todavía nos falta. Me quedo porque nunca nadie dijo
algo tan lindo sobre la lluvia. Me quedo porque dormir abrazados vale la
pena aunque haya calor. Porque podemos tener una casita afuera. Porque
te quiero a vos. Me quedo porque el olvido no existe, porque hay rutinas
divinas, porque el conformismo es para mediocres y porque lo normal es
para amores normales. Todavía no solucioné lo de los perros, ya sé, pero
podemos comprar uno grande para la casa de afuera, y capaz que le tomo
cariño. Y con él a todos. Y con vos al mundo. Y con el mundo a vos, que
sos la ley de gravedad de todo lo que me pasa.
Al final sí, decidí,
sé qué hacer. Me quedo, Flacx. Ahora estás leyendo esto y yo no estoy
pero ya vuelvo. Me quedo. Ya vuelvo. Salí a buscar una película. Si
tenés tiempo, cuando llegues, prepárame el más tuyo de los abrazos.